Llegamos al evento como a las 6 50 de la noche, como era gratuito, quedaban pocos lugares disponibles cerca de la tarima principal. Yo, como todo buen novio debe hacer, hice hasta lo imposible para conseguir los mejores lugares que le podía dar a mi novia. La niña, no conforme con los lugares que conseguí, hizo su berrinche alegando que no podía ver bien. Me levanté de mi asiento y fui a hablar con un policía asignado al evento, después de platicar un rato y persuadirlo, logré que me dejaran pasar 2 sillas a la sección preferencial. Mi novia seguía inconforme. Me empezaban a molestar sus berrinches, pero una voz en mi interior me aconsejó tener prudencia y conservar la calma. Isabela (mi novia), no se dejaba de quejar, hasta que llegó al punto de decir que no quería quedarse a ver el ballet, iba a esperar otro día, posiblemente dentro de varios meses, para verlos de nuevo.
En fin, discutimos un momento y la acompañé a su casa. 9 de la noche, me encontraba solo en el auto. 3 horas antes, lo único que pasaba por mi mente, era a dónde iba a llevar a cenar a Isabela después del ballet.
Mala noche. Había cancelado algunos planes que tenía con mis amigos. No podía hacer nada y era viernes por la noche. Llegué a mi casa, saludé a mis padres (asombrados de que llegara tan temprano) y me cambié la ropa.
Tomé un poco de tequila de mi padre. Al sentirlo pasar por mi garganta no podía evitar pensar en el enojo y vergüenza que los berrinches y rabietas de Isabela me habían hecho pasar.
Me acosté a las 11 de la noche en un viernes que al despertar pensé: ¡Hoy es un gran día!...
Al estar acostado en mi hamaca (detesto dormir en cama), lo único que pude pensar al recordar esa frase fue: Hoy es un día de esos en los que todo puede salir bien, y sin embargo, nada pasa.
Nada pasa. Y yo, solo en la oscuridad de mi cuarto...
Nada pasa. Y yo, solo en la oscuridad de mi cuarto...
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